JULIO RAMON RIBEYRO CUENTOS CORTOS PDF

Biography[ edit ] Early years — Ribeyro was born in Lima on August 31, His family was middle class, but in earlier generations had belonged to the upper class, counting among his ancestors some illustrious figures in Peruvian culture and politics, mostly of a conservative and "civilist" trend. In his childhood he lived in Santa Beatriz, a middle-class Lima neighborhood, and then moved to Miraflores , residing in the neighborhood of Santa Cruz, close to Huaca Pucllana. He went to school in the Champagnat School of Miraflores. He was deeply affected by the death of his father which also created a dire economic situation for his family. He began his writing career with the short story The Grey Life which was published in the magazine Correo Bolivariano in

Author:Tejind Sazshura
Country:Yemen
Language:English (Spanish)
Genre:Video
Published (Last):19 September 2007
Pages:365
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ISBN:136-4-14251-504-7
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Al subir de precio, los Chesterfield se volatilizaron de mis manos y fueron remplazados por los Inca, negros y nacionales. Era vergonzoso sacar del bolsillo uno de estos cucuruchos. Pero no me costaban nada, y se fumaban. Era entonces la boga del Lucky. Todo ello naturalmente en un perfume de Lucky. Era lindo, lo reconozco. Estuve a punto de besar al pobre viejo. Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores.

Los grandes novelistas del siglo XIX —Balzac, Dickens, Tolstoi— ignoraron por completo el problema del tabaquismo y ninguno de sus cientos de personajes, por lo que recuerdo, tuvieron algo que ver con el cigarrillo. Para encontrar referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX.

Estaba pues instalado en plena insania y maduro ya para peores concesiones y bajezas. Fue lo que hice. O una colilla. Dudaba entre seguir mi ronda hacia los grandes boulevares o si regresar derrotado a mi hotelito de la rue Dela Harpe. Panchito era un enano y fumaba Pall Mall. A buena hora. Una desbordaba de ropa muy fina y la otra de botellas de whisky y de cartones de una marca de cigarrillos desconocida entonces en Francia: Pall Mall.

Santiago y yo tocamos su abrigo y sentimos bajo la tela la presencia de un objeto duro, alargado e inquietante. Fue entonces cuando vino en mi auxilio herr Trausnecker. Hombre rudo, pero perspicaz, se dio cuenta de inmediato de que algo me atormentaba.

Gracias a esta maquinita pude subsistir durante las dos interminables semanas que me faltaban para cobrar mi siguiente mesada. Nada dio resultado. Me encontraba en Huamanga, como profesor de su universidad, que acababa de reabrirse luego de tres siglos de clausura.

Pero no se trata de evocar mi experiencia ayacuchana. Volvamos al cigarrillo. Este percance fue un anuncio que no supe escuchar ni aprovechar. Esto es horrible y no abundo en detalles para no caer en el patetismo. Inocente doctor Dupont. De Marlboro, naturalmente: lora, orla, ramo, ropa, paro, proa, etc. El doctor Bismuto solo se ocupaba de casos extremadamente importantes. Se trataba sin duda de un vicio, si entendemos por vicio un acto repetitivo, progresivo y pernicioso que nos produce placer.

Me refiero a un placer sensorial, ligado a un sentido particular, como el placer de la gula o la lujuria. Con el aire estamos permanentemente en contacto, pues lo respiramos, lo expelemos, lo acondicionamos. Con la tierra igualmente, pues caminamos sobre ella, la cultivamos, la modelamos con nuestras manos.

Y este mediador es el cigarrillo. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo.

Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida. Todo debe tener un fin. Una enfermera los pesaba y otra anotaba el resultado en un grueso registro.

Pero algunos gestos los traicionaron. Esos hombres eran aparentemente felices. Enciendo otro cigarrillo y me digo que ya es hora de poner punto final a este relato, cuya escritura me ha costado tantas horas de trabajo y tantos cigarrillos. Que se le tome como un elogio o una diatriba contra el tabaco, me da igual. No soy moralista ni tampoco un desmoralizador, como a Flaubert le gustaba llamarse.

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